martes, 9 de febrero de 2010

Virtudes Cristianas: Mansedumbre

Estamos armando una serie de artículos sobre las virtudes cristianas. Esto un poco viene viendo hace un tiempillo en un canal de documentales, el cual hablaba un poco en serio y algo de ironía sobre "Los pecados capitales".
Pues bien por el contrario de intentar hablar sobre los pecados capitales vamos a ir publicando algunos artículos referídos a las virtudes que tanto nos ha inculcado JESUS y que tantos Santos de la iglesia católica han practicado, escrito y hablado.
En este caso hablaremos de la Mansedumbre, "bienaventurados los mansos" decía nuestro amado JESUS. Virtudes que, por el contrario de los pecados capitales, nos hacercan a DIOS.

Por algo Teresa de Jesús decía: "Sembrad en vosotros la virtudes, ya que son como flores con ricos perfumes que atraen a nuestra Majestad (DIOS) a nuestra vida"

Buscando un poco creo que pocos profundizaron y escribieron tan bien y con tanta hermosura  sobre esta virtud de la mansedumbre como Francisco Osuna en su tratado de mansedumbre de su libro "Tercer abecedario espiritual. Espero que disfrutes este texto, es maravilloso.

TERCER ABECEDARIO ESPIRITUAL: L.4, C.4. CAPÍTULO IV. DE LA MANSEDUMBRE

Porque lo ya dicho se declara más en los siguientes capítulos, ahora, dejándolo aparte hablemos de la postrera palabra, que nos amonesta ser mansos. Donde es de notar que, según los que saben y hablan de esta virtud, mansos se dirán los que tienen quietud de ánimo generoso, y tal que no de ligero se perturba por cosa que les acaezca. Los mansos son moderados y templados en sus cosas; tienen domada la ira, no son impetuosos, sino muy aplacados; son los mansos personas dulces y no se oye palabra de amargura en su boca; son blandos y no ásperos. Son buenos de corazón y no maliciosos ni sospechosos de rencilla; todo lo tornan en benignidad y bondad; son sanos y no podridos, y no solamente del ánima, mas aun del cuerpo; son los naturalmente mansos naturalmente sanos; no provocan ni son provocados a mal, ni empecen ni son empecidos; no tienen rencor con nadie; casi siempre están de su ser; no son de ligero movibles; dan casi siempre lugar al mal; disimulan muchas cosas; son de ligero corregibles; no resisten aunque sepan recibir el golpe con llagas; no son heridos; no se entristecen, mas en todo se alegran; son muy tratables y muy llanos, hombres sencillos sin algún doblez; todo lo que tienen muestran casi en el rostro; son llenos de clemencia y de paciencia; son nobles de condición, bien partidos en lo que tienen.
 
Finalmente, los mansos parecen más verdaderamente hombres que los que no lo son, porque el hombre, según dice el Sabio, es animal de su naturaleza manso, según lo muestra su figura, y los hombres bravos parece que se han tornado bestias fieras, sin misericordia ni condiciones de hombres. Dichosos por cierto y bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra de su cuerpo sujeto y no rebelde, sino muy domable, y las riendas de la razón muy obedientes para ser llevado donde le mandaren. Las ánimas de los mansos son a Dios muy sujetas, y por eso tales se les dan sus cuerpos cuales ellos se dan a Dios. Obedece el cuerpo al ánima que obedece a Dios, y es contrario a la que es contraria; al ánima mansa es el cuerpo manso, y a la que con ira quiebra el yugo del Señor es también el cuerpo rebelde; por tanto, benditos son los mansos, porque ellos, siendo poseídos de Dios, serán posesores de sí mismos con justo título, y poseerán también la tierra de los vivos, que es el cielo; porque, según dice San Agustín, ninguno poseerá a Dios en el cielo sino el que fuere poseído de Dios en la tierra. Los mansos verdaderamente poseen también las rosas de la tierra, pues cuando las pierden no pierden la mansedumbre, yéndose tras ellas presos como esclavos suyos, mas con quietud, cuando las pierden, les dan licencia que se vayan en paz, mostrando que no eran de ellas poseídos (Sof 2,3).
Bienaventurados son los mansos, pues a ellos especialmente es mandado que busquen a Dios, en señal que está presto Él para se les dar; porque así como una ave mansa se acompaña contra su semejable, así el manso rey Jesucristo (Mt 21,5), cordero manso que por nos es llevado al sacrificio, se acompaña muy de voluntad con los mansos como Él. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán las sillas de los soberbios demonios y se asentarán quietamente en ellas; porque escrito está (Eclo 10,17) que desembaraza Dios las sillas de los capitanes soberbios, e hizo que los mansos se asentasen sobre ellas. Bienaventurados los mansos, porque ellos son verdaderamente discípulos de Cristo (Mt 5,4), el cual, más manso que lsaac, se tendió sobre la leña de la cruz para ser allí herido, y guardó para sí la mansedumbre llamándose de ella maestro, y convidándonos a que vayamos a su escuela, que es la cruz, a la aprender.

 
Bienaventurados los mansos, porque ellos en la guerra de este mundo están amparados de muchas sacas de lana para recebir los tiros de la artillería del demonio y los golpes de las persecuciones del mundo; son como vasos de vidrio cerrados de paja o heno por que no se quiebren con algún golpe; la mansedumbre les es escudo muy recio en que se falsea y deshacen los golpes de las saetas agudas de la ira. Andan vestidos de vestidura de algodón muy blando y muy defensivo sin ofender a nadie. Bienaventurados son los mansos, pues tienen la virtud de la piedra imán, que trae a sí el hierro por halagos naturales. La dureza de los corazones ásperos no hay como se puede mejor atraer que con mansedumbre, como parece en el manso David (1 Sam 24,17-18), que muchas veces ablandó el corazón de su gran enemigo Saúl, y aun lo hizo llorar y lo convirtió a misericordia.

Bienaventurados los mansos, pues tienen cierta el audiencia del Señor y no se les cierra; saben que siempre oirá Dios los ruegos de ellos, porque escrito está (Jdt 9,11): Siempre te agradó, Señor, la oración y ruegos de los humildes y de los mansos. Bienaventurados los mansos, que tienen a Dios por defensor y vengador de sus injurias (Is 11,4), como parece en Moisés (Ex 12,1- 8); contra el cual, como hablasen Arón y María, su hermana, y lo oyese Dios, fue muy airado; y la causa por que, siendo livianas las palabras, se airó Dios tanto, da la Escritura diciendo que era Moisés el hombre más manso que moraba en la tierra; y así el que era más manso alcanzó más gracia y cabida con Dios que todos los de su tiempo; porque su santidad y gracia comparada a las de los otros, según dice el Señor, era como la verdad comparada al sueño y como el cuerpo comparado a la sombra que hace.

Ahora, hermano, pues que has visto la excelencia de la mansedumbre, no queda sino rogarte que la busques y procures; porque ella es huéspeda de la oración, según dice el Apóstol, y entrambas son muy buenas compañeras y amigas; la una a la otra se favorecen; crece la una y la otra; si la una falta, la otra desfallece; apenas se hallan apartadas; no se halla la una sin la otra; son como Marta y María, hermanas muy amadas, que juntas reciben en su casa al Señor y quiérense servir la una de la otra para mejor servir al Señor. La causa por que he querido hacer en esta letra más mención de la mansedumbre que de otra virtud es porque la cosa natural que más puede ayudar al hombre en este negocio espiritual de que nuestro tercero alfabeto trata es la mansedumbre; y si no la tienes, ella es la que primero debes buscar; porque hágote saber que es la cosa que más conserva la gracia del Señor. Donde acaece muchas veces a los que se llegan a Dios, que le sienten con su gracia en el pecho, y en moviéndose un poco a ira, por pequeña que sea, se hallan vacíos, que ni saben qué se hizo la gracia que antes sentían ni dó se fue.
Lo mismo siente hablando palabras ásperas, a las cuales se altera naturalmente el corazón, y así vacía de sí el licor de la gracia que tenía. Esto sé y de esto te aviso: plega al Señor que lo conozcas y no seas tú como algunos, que después de se haber desconcertado en palabras, dicen que sin pena las dijeron, y que no sienten agraviada su conciencia, pues fue buena su intención. Si dijesen que no sienten solamente, creerlos había, teniéndolos por inservibles; pero pues dicen que no erraron, no los creo; pues casi palpablemente se conoce lo que tengo dicho, y es que a un pequeño movimiento de ira, o con algunas palabras que diga hombre devoto de ésta, perece lo que sentía antes; por lo cual dice nuestro padre San Francisco que la ira y conturbación impiden la caridad. Y dejando aparte lo que tengo dicho, cosa clara es que la mansedumbre sabe mejor corregir que no la ira; y no solamente a los otros, mas los mismos en que mora, según aquello del salmo (Sal 89,17): Vendrá la mansedumbre y seremos corregidos.

No hay tiempo en que el hombre mejor se conozca y reprehenda que cuando está manso, porque entonces ve claramente la verdad en sí y en los otros. Los que son bien mirados, cuando sienten haber perdido la mansedumbre, cesan de castigar por no ser de Dios castigados y por esperar la mansedumbre, y serán a Él en esto semejantes, del cual se dice (Sab 12,18) que juzgó en tranquilidad y sosiego. Otros hay mejor mirados, que cuando se ven con ira perdonan para se vengar de sí mismos, conociendo que más erraron ellos en tomar ira que los otros en los ofender, pues ellos con la ira ofendieron a Dios, y los otros a los hombres. Hay, empero algunos de atrevido juicio, y dicen que sin ira no se puede hacer bien el castigo de los culpados, y por esto dicen aquello del profeta (Is 12,1): La indignación mía me ayudó. Y también el salmo dice: Airaos y no queráis pecar. Miren éstos para qué confunden aquel consejo que les da el Sabio, diciendo (Eclo 3,19): Hijo, acaba tus obras en mansedumbre y serás amado sobre la gloria de los hombres. Dice en especial que acabemos nuestras obras en mansedumbre, socorriendo a la parte do suele más venir el peligro, porque muchos comienzan en mansedumbre, y como se va encendiendo la cólera, acaban en ira. Y dice más: Que será el que acabare en mansedumbre amado sobre la gloria de los hombres, porque son mansos; más son ángeles que hombres.

A lo que éstos dicen se responde que ninguna ira es buena, porque la ira natural es penosa aun al mismo que la tiene, y por ella acontece perderse aquella gracia que dije, la cual da el Señor graciosamente a quien le place; y la ira, que es pecado venial tiene pena temporal; de la otra no hay duda sino que será castigada para siempre. Y la indignación e ira de que el profeta y el salmo hablan no la entienden los que la alegan, porque no quiere decir sino celo, el cual ayuda a los hombres flacos para ejecutar la justicia. Y lo otro: Airaos y no queráis pecar, quiere decir: Tened celo y sea según ciencia: con el celo no salgáis de la razón. Ruego, pues, a los que mandan, se quieran acordar de aquel dicho de San Jerónimo: No hay cosa más torpe que el furioso mandón, el cual, como debe ser manso a todos, anda haciendo ruido, echado el ceño, tremiendo los labios, la frente arrugada, desenfrenado en denuedos, el gesto demudado, clamoroso con rencilla; y no solamente aparta del bien a los que yerran, mas con su crueldad los derriba en el profundo de los vicios. Esto dice aquel santo; y cuánta verdad tenga, más lo saben los que son mandados que no los que mandan.

Tornando a lo primero, debe ser el hombre devoto manso en el corazón, para que conciba temor y paciencia; y manso en la palabra, para templar el furor de aquellos con quien conversa, respondiendo, según dice el Sabio (Eclo 4,34), pacíficamente en mansedumbre para quebrantar la ira. Debe también ser manso en sus obras, para procurar amor y ser de todos querido, y para que con mansedumbre acreciente gracia, según aquello que está escrito (2 Sam 22, 36): Mi mansedumbre me ha multiplicado.
Ruégote, pues, hermano, juntamente con el Apóstol (2 Tim 2,24-25), por la mansedumbre de Jesucristo, que seas manso, porque a anunciar la salud a los mansos fue enviado; recibe su inspiración en mansedumbre, por que te goces; nunca desampares la mansedumbre si nunca quieres ser desamparado; tenla siempre contigo, por que siempre tengas aparejo para recibir su gracia; ten mansedumbre si quieres guardar tu ánima y estar armado de las armas de nuestro Redentor; anda y conversa dignamente con toda humildad y mansedumbre con paciencia, sufriendo a los otros en caridad, solicito en guardar la unidad del espíritu en lazo de paz (Ef 4,2-3).

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